—Voz de Adonai sobre las aguas, sobre aguas mochas. La voz de Adonai con forza, la voz de Adonai con jermosura. La voz de Adonai quiebra los alarzes del Lebanón y Tsión como fijos de unicornios... La voz de Adonai corta llamas de fuego, face temblar D'sierto; fará temblar Adonai D'sierto de Kader... La voz de Adonai face adoloriar ciervas... En palacio suyo tudas decir grolia. Adonai por el diluvio se asentó... Adonai bendecir su puelbro con paz...».

Aún prosiguió recitando oraciones hebraicas en castellano del siglo XV, que en la memoria desde la infancia conservaba, y Benina le oía con respeto, aguardando que terminase para traerle a la realidad y sujetarle a la vida común. Discutieron un rato sobre la conveniencia de tornar a la posada de Santa Casilda; mas no parecía él dispuesto a complacerla en extremo tan importante, mientras no le diese ella palabra formal de aceptar su negra mano. Trató de explicar la atracción que, en el estado de su espíritu, sobre él ejercían los áridos peñascales y escombreras en que a la sazón se encontraba. Realmente, ni él sabía explicárselo, ni Benina entenderlo; pero el observador atento bien puede entrever en aquella singular querencia un caso de atavismo o de retroacción instintiva hacia la antigüedad, buscando la semejanza geográfica con las soledades pedregosas en que se inició la vida de la raza... ¿Es esto un desatino? Quizás no.


[XXIX]

Con todo su ingenio y travesura no pudo la anciana convencer al marroquí de la oportunidad de volverse al Madrid alto. «Y no sé—le dijo echando mano de todos los argumentos—, no sé cómo vas a arreglarte para vivir en este monte de tus penitencias. Porque tú no pides; aquí nadie ha de traerte el garbanzo, como no sea yo; y yo, si ahora tengo algún dinero, pronto me quedaré sin una mota, y tendré que volver a pedirlo con vergüenza. ¿Esperas tú que aquí te caiga el maná?

Cader sí manjá—replicó Almudena con profunda convicción.

—Fíate de eso... Pero dime otra cosa, hijito: ¿habrá por aquí dinero enterrado?

—Haber mocha, mocha.

—Pues, hijo, a ver si lo sacas, que en este caso no perderías el tiempo. Pero ¡quia! no creo yo las papas que tú cuentas, ni las hechicerías que te has traído de tu tierra de infieles... No, no: aquí no hay salvación para el pobre; y eso de sacar tesoros, o de que le traigan a uno las carretadas de piedras preciosas, me parece a mí que es conversación.

—Si tú casar migo, mí encuentrar tesoro mocha.