—Sea como fuere, Sr. D. Romualdo, usted me asegura que no conoce a mi Benina.
—Creo... vamos, no puedo asegurar que me es desconocida, señora mía. Antójaseme que la he visto.
—¡Oh! bien decía yo que... Sr. de Cedrón, ¡qué alegría me da!
—Tenga usted calma. Veamos: ¿esa Benina es una mujer vestida de negro, así como de sesenta años, con una verruga en la frente?...
—La misma, la misma, Sr. D. Romualdo: muy modosita, algo vivaracha, a pesar de su edad.
—Más señas: pide limosna, y anda por ahí con un ciego africano llamado Almudena.
—¡Jesús!—exclamó con estupefacción y susto Doña Paca—. Eso no, ¡válgame Dios! eso no... Veo que no la conoce usted».
Y con una mirada puso por testigo a Frasquito de la veracidad de su denegación. Miró también Ponte al clérigo, después a la señora, atormentado por ciertas dudas que inquietaron su conciencia. «Benina es un ángel—se permitió decir tímidamente—. Pida o no pida limosna, y esto yo no lo sé, es un ángel, palabra de honor.
—¡Quite usted allá!... ¡Pedir mi Benina... y andar por esas calles con un ciego!...
—Moro, por más señas—indicó D. Romualdo.