—Yo no puedo asegurarle a usted—dijo Frasquito dándose mucha importancia, con un palillo entre los dientes—, que saquen título ni que no saquen título. Nobleza les sobra para ello por los cuatro costados, pues así los Juárez, como los Zapatas, y los Delgados y Pontes, son de lo más alcurniado de Andalucía.
—Los Pontes tienen una puente sínople sobre gules, y cuarteles de azur y oro...
—Verdad... Por mi parte no pienso sacar título, ni mi herencia es para tanto... Esas señoras, no sé... Obdulia merece ser Duquesa, y lo es por la figura y el tono, aunque no se decida a ponerse la corona. De Emperatriz le corresponde, como hay Dios. En fin, yo no me meto... Y dejando a un lado la heráldica, vamos a otra cosa».
En esto, el de los caracoles se había sentado junto a Frasquito, y con su mirar siniestro era el terror de los parroquianos que les rodeaban.
«Puesto que usted se dedica al corretaje de anuncios, ¿podría indicarme una buena casa de huéspedes?...
—Precisamente hoy he hecho dos... Aquí las tengo en mi cartera para Imparcial y Liberal. Entérese usted... Son de lo bueno: 'habitaciones hermosas, comida a la francesa, cinco platos... treinta reales'.
—Me convendría más barata... de catorce o diez y seis reales.
—También las hago... Mañana podré darle una lista de seis lo menos, todas de confianza».
Les cortó el diálogo la aparición repentina de Antonio Zapata, que entró sofocado, metiendo ruido, bromeando a gritos con el dueño del establecimiento y con varios parroquianos. Subió al cuarto interior, y tirando sobre la mesa la voluminosa cartera que llevaba, y echándose atrás el sombrero, se sentó junto a Frasquito y el de los caracoles.
«¡Vaya una tarde, caballeros, vaya una tarde!—exclamó fatigado; y al chiquillo que servía le dijo—: No tomo nada. He comido ya... Mi señora madre nos ha metido en el cuerpo una gallina a mi mujer y a mí... y encima tira de Champagne... y tira de bartolillos.