—¡Chico, quién te tose ahora!...—le dijo el de los caracoles, la palabra dulce, el mirar terrorífico—. Y es preciso que me des pronto una razón: ¿me cedes o no me cedes tu negocio?
—¡Buena se puso mi mujer cuando le propuse no trabajar más! Creí que me mordía y que me sacaba los ojos. Nada: que seguiremos lo mismo, ella en su máquina, yo en mis anuncios, porque eso de la herencia no sabemos qué pateta será... Amigo Ponte, ¿conoce usted esa finca de la Almoraima? ¿Cuánto nos dará de renta?
—No puedo precisarlo—replicó Frasquito—. Sé que es una magnífica posesión, con monte, potrero, tierras de sembradura, ainda mais, el mejor puesto de Andalucía para codornices, cuando van a pasar el Estrecho.
—Allá nos iremos una temporada... Pero mi mujer, ni pa Dios quiere que deje yo este oficio de pateta. Aguántate por ahora, Polidura, que con mi Juliana no se juega: le tengo más miedo que a una leona con hambre... Y cuéntame, ¿qué has hecho hoy?... ¡Ah! ya no me acordaba: mi madre quiere comprar una araña...
—¡Una araña!
—Sí, hombre, o lámpara colgante para el comedor. Me ha dicho si sabemos de alguna buena y vistosa, de lance...
—Sí, sí—replicó Polidura—. En la almoneda de la calle de Campomanes la tenemos.
—Otra... También quiere saber si se proporcionarán alfombras de moqueta y terciopelo en buen uso.
—Eso, en la almoneda de la Plaza de Celenque. Aquí lo tengo: 'Todo el mobiliario de una casa. Horas, de una a tres. No se admiten prenderos'.
—Mi hermana, que, entre paréntesis, se zampó esta tarde media gallina, lo que quiere es un landó de cinco luces...