—¡Atiza!
—Yo he aconsejado a Obdulia—indicó Frasquito con gravedad—, que no tenga cocheras, que se entienda con un alquilador.
—Claro... Pero no dará pa tanto el cortijo de pateta. ¡Landó de cinco luces! Y que tiren de él las burras de leche del señó Jacinto».
Soltó la risa Polidura; mas notando que al algecireño le sabían mal aquellas bromas, quiso variar de conversación al instante. El desvergonzado Antonio Zapata se permitió decir a Ponte: «Con franqueza, D. Frasco: creo que está usted mejor así.
—¿Cómo?
—Sin betún. Bonita figura de caballero anciano y respetable. Convénzase de que con el tinte no consigue usted parecer joven; lo que parece es... un féretro.
—Querido Antonio—replicó Ponte haciendo repulgos con boca y nariz para disimular su ira, y figurar que seguía la broma—, nos gusta a los viejos espantar a los muchachos para que... para que nos dejen en paz. Los chicos del día, por querer saberlo todo, no saben nada...».
El pobre señor, azarado, no sabía qué decir. Sus tonterías envalentonaron a Zapata, que prosiguió mortificándole:
«Y ahora que estamos en fondos, amigo Ponte, lo primero que tiene usted que hacer es jubilar el sarcófago.
—¿Qué?