—Diablo no: Rey bunito.

—¿Eso es cosa de tu religión? ¿Tú qué religión tienes?

—Ser eibrío.

—Vaya por Dios—dijo Benina, que no había entendido el término—. ¿Y a ese Rey le llamas tú, y viene?

—Y dar ti tuda que pedir él.

—¿Me da todo lo que le pida?

Siguro».

La convicción profunda que Almudena mostraba hizo efecto en la infeliz mujer, quien, después de una pausa en que interrogaba los ojos muertos de su amigo y su frente amarilla lustrosa, rodeada de negros cabellos, saltó diciendo:

«¿Y qué se hace para llamarlo?

—Yo diciendo ti.