—Hablar naida, naida».
Luego se vestía el palo con ropas de mujer, como una muñeca, y bien vestidito se le arrimaba a la pared, poniéndole derecho, amos, en pie. Delante se colocaba el candil de barro, encendido con aceite, y se le tapaba con la olla, de modo que no se viese más luz que la que saldría por los siete bujeros, y a corta distancia se ponía la cazuela con lumbre para echar los sahumerios, y se empezaba a decir la oración una y otra vez con el pensamiento, porque hablada no valía. Y así se estaba la persona, sin distraerse, sin descuidarse, viendo subir el humo del benjuí, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las doce...
«¡A las doce!—repitió Benina sobresaltada—. ¡Y al dar las doce campanadas viene... sale, se me aparece!...
—El Rey de baixo terra: pedir tú lo que quierer, y darlo ti él.
—Almudena, ¿tú crees eso? ¿Cómo es posible que ese señor, sin más que las cirimonias que has contado, me dé a mí lo que ahora es de Don Carlos Trujillo?
—Verlo tú, si queriendo.
—Pero con tanto requesito, si una se descuida un poco, o se equivoca en una sola palabra del rezo mental...
—Tener tú cuidado mocha.
—¿Y la oración?
—Mi enseñarla ti; dicir tú: Semá Israel Adonai Elohino Adonai Ishat...