—¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?... Amos, déjame a mí de pamplinas. Verdad que podría decir, un suponer, que se ha puesto malo D. Romualdo y tengo que velarlo... Bueno: ¿qué hay que hacer?
—N'cesitas cosas mochas. Comprar tú cosas. Lo primiero candil de barro. Pero comprarlo has tú sin hablar paliabra.
—Me vuelvo muda.
—Muda tú... Comprar cosa... y si hablar no valer.
—Válgate Dios... Pues bueno: compro mi candil de barro sin chistar, y luego...».
Almudena ordenó después que había de buscar una olla de barro con siete agujeros, con siete nada más, todo sin hablar, porque si hablaba no valía. ¿Pero dónde demontres estaban esas ollas con siete agujeros? A esto replicó el ciego que en su tierra las había, y que aquí podían suplirse con los tostadores que usan las castañeras, buscando el que tuviese siete bujeros, ni uno más ni uno menos.
«¿Y ello ha de comprarse también sin hablar?
—Sin hablando naida».
Luego era forzoso procurarse un palo de carrash, madera de África, que aquí llaman laurel. Un vendedor de garrotes, en el primer tinglado cabe las Américas, lo tenía. Había que comprárselo sin pronunciar palabra. Bueno: pues reunidas estas cosas, se pondría el palo al fuego hasta que se prendiera bien... Esto había de ser el viernes a las cinco en punto. Si no, no valía. Y el palo estaría ardiendo hasta el sábado, y el sábado a las cinco en punto se le metía en el agua siete veces, ni una más ni una menos.
«¿Todo callandito?