—Te viste en un fuerte compromiso.
—Empezaba yo a rodar por el mundo...
—Y rodando, rodando, caíste en una tentación...
—Y como servía usted en casa grande, yo calculé y dije: 'Pues esta, si quiere, podrá sacarme'.
—Te llegaste a mí con mucho miedo... lo que pasa... no querías levantarte el faldón, y que yo te dejara destapada.
—Pero usted me tapó... ¡Cuánto se lo agradecí, Benina!
—Y sin réditos... Luego tú, en cuanto hiciste las paces con el del almacén de vinos, me pagaste...
—Duro sobre duro.
—Pues bien: ahora soy yo la que se ha caído: necesito doscientos reales, y tú me los vas a dar.
—¿Cuándo?