—Ahora mismo.
—¡Mecachis... San Dios! ¡Como no se me vuelva dinero la chimenea de los garbanzos!
—¿No los tienes? ¿Ni tu Comadreja tampoco?
—Estamos como el gallo de Morón... ¿Y para qué quiere los diez duros?
—Para lo que a ti no te importa. Di si me los das o no me los das. Yo te los pagaré pronto; y si quieres real por duro, no hay incomeniente.
—No es eso: es que no tengo ni un cuarto partido por medio. Este ganado indecente no trae más que miseria.
—¡Válgate Dios! ¿Y...?
—No, no tengo alhajas. Si las tuviera...
—Busca bien, maestra.
—Pues bueno. Hay dos sortijas. No son mías: son del Rey de Bastos, un amigo de Rumaldo, que se las dio a guardar, y Rumaldo me las dio a mí.