Siguro.

—Bueno. Y para poder ver bien la letra de ese libro—dijo con sorna la dama—, llevarás antiparras de ciego...

—Mí saberlo de memueria—replicó impávido el africano».

La operación, pasados los cuarenta días de penitencia, terminaba por escribir en un papelito, como los de cigarro, ciertas palabras mágicas que él sabía, él solo; luego se soltaba el papelito en el aire, y mientras el viento lo llevaba de aquí para allá, ella y él rezarían devotamente oraciones mochas, sin quitar los ojos del papel volante. Allí donde cayese, se encontraría, cavando, cavando, el tesoro soterrado, probablemente una gran olla repleta de monedas de oro.

Manifestó Benina su incredulidad soltando la risa; pero alguna huella dejaba en su espíritu la nueva quisicosa para encontrar tesoros, porque con toda formalidad se dejó decir: «No creo yo que haya dinero enterrado en los campos. Puede que en tu tierra se den esos casos; pero lo que es aquí... donde lo tienes es en los patios, en las corraladas, debajo del suelo de las leñeras, almacenes y bodegas, y, si a mano viene, empotrado en las paredes...

—Mismo poder yo discubrierlo él... Yo dicer ti, si tú quiriendo mí, si tú casar migo.

—Ya trataremos de eso más despacio—dijo Benina quitándose el pañuelo y volviéndoselo a poner, señal de impaciencia y ganas de marcharse.

—No dirti tú, amri, no—murmuró el ciego quejumbroso, agarrándola por la falda.

—Es tarde, hijo, y hago falta en casa.

—Tú migo siempre.