Pero antes que concluyera, el buen Salmón, con gran sorpresa mía, clavó en mí sus ojos lleno de admiración, y echándome los brazos al cuello, exclamó a gritos:

—Ven acá, portento de la sabiduría, milagro de precocidad, fruta temprana de las humanas letras. ¿Conque ha más de un año que te conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Conque así te callabas tus méritos, picarón...? A ver, muéstrame pronto ese poema... ¡Quién me había de decir, cuando te conocí paje de la González, que bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un Erasmus Roterodamensis, de un Picus Mirandolanus!

Turbado y confuso le contesté que sin duda Su Paternidad se equivocaba confundiendo mi ignorancia con la sabiduría de algún desconocido de mi mismo nombre, oyendo lo cual, dijo mientras subíamos la escalera:

—No; que lo acabo de saber por el Licenciado D. Severo Lobo, el cual te conoció desde el proceso del Escorial, y luego estuvo a punto de empapelarte, cuando el Príncipe de la Paz te quiso dar una placita en la Interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenías de que el otro te quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus méritos, ¡oh joven! Yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba; pero ¡qué guardado te lo tenías, raposilla!... ¿Y ahora en qué te ocupas? ¿Por qué no pides un hábito, por qué no eres fraile? Yo me encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los Padres de la Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allí, rapaz, y ve después de la hora del refectorio. ¿Te gustan las pasas? Además tengo que conferenciar contigo, Horacio Flaco en ciernes y Virgilio en pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh?

A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán. Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa, diéronle el asiento del centro junto al brasero.

—Aquí está la seda azul —dijo el mercenario, dando lo indicado a Tulita.

—Mañana mismo tendrá Su Paternidad arreglado el cuello —contestó la muchacha—. Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la barriga, que es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas me dan unas arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para dentro nada.

—Bendito sea el nombre de Dios —exclamó el Padre tomando un polvo de la caja del Gran Capitán—. A fe, Doña Melchora, que si esta matutina estrella de su hija de usted fuera casada, ya sabríamos el pie de que cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia con quien la misma honradez no podría ponerse en parangón, ordeno y mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en baño-maría, por espacio de tres credos rezados con pausa y por supuesto con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las de ayer, señora Doña Melchora; qué nueces frescas! Pero dígame, ¿qué santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabía que en montes alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras de Dios.

—Obsequio fue de un primo mío que es guarda de las dehesas del señor Duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, si no de buen salario, el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda lo mejor de aquellos castañares y nocedales.

—Así le hicieran canónigo —añadió Salmón—. ¿Y qué noticias, Sr. D. Santiago Fernández?