Salí para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por cualquiera de las familias que salían a su reclamo por las diversas puertas que se abrían en aquellos largos corredores, y lo primero que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los cuales, haciendo mil cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban, según su arte propio, la satisfacción de la casa toda por verle en ella.
—Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas, que para vosotros serán bocado de ángel —les decía Salmón—. ¿Y salió tu padre de la cárcel, Jacintillo? Y por fin, ¿llevasteis a vuestra abuela a los Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el cuarto de tu madre?... ¿Conque se os murió la gallina?
Y al mismo tiempo, el antepecho del vasto corredor parecía la barandilla de un teatro, pues no había un palmo vacío, sino que allí estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese.
—Venga acá, Padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar por celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del mundo?
—Venga acá, Padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me está diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las magras?
—Venga acá, Padre, y suba pronto, que ya le apunta el diente a la niña. Mírale allí, cordera, resol, reina del mundo. Mírale, llámale con tu manecita... así, así.
—Venga acá, Padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como cinco estrellas.
—Suba pronto, Padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más friegas.
Y así continuaban, llamándole de distintas partes, cada uno según para aquello que le necesitaba, y todos con tan cariñosas palabras, que Salmón no sabía a qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones contestar más pronto; y saludando a un lado y otro como un matador de toros que en medio de la plaza hace cortesías a la redonda, mostró a sus amigos que su corazón no era insensible a tantas bondades. En esto llegué yo, y besándole la correa, le dije:
—Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán, me mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de subir, que allí le aguardan también D. Roque, el Sr. de Cuervatón y Doña María Antonia.