—Hombre irracional, ¿y cómo se difunden las luces, y se propaga la buena doctrina, y se instruye a toda la gente del reino, chicos y grandes? ¡Pues flojitas verdades trae el Semanario patriótico!... Como todos dieran en leerlo con tanto fervor como yo, pronto se remediarían los males de la nación. Y no hay que darle vueltas, señores: lo que este dice es el Evangelio. ¿Quién podrá desmentir aquello de el tirano es un hombre que abusa de las fuerzas de la sociedad, para someterla a sus pasiones propias, y así la tiranía no es otra cosa que la injusticia apoyada en la violencia? ¿Qué tal? ¿Pues y dónde me dejan ustedes aquello de los derechos esenciales, sagrados e imprescriptibles que corresponden al hombre, y que le usurpa el pícaro del poder absoluto?... Nada, nada, Sr. D. Santiago, amigo Cuervatón, señoras y señoritas: tengan ustedes presentes estas palabras: «La violencia, la opresión, la credulidad, llegan frecuentemente a adormecer a los pueblos, a fascinar su entendimiento, a quebrantar en ellos los resortes de la naturaleza; pero cuando por favorables circunstancias abren los ojos y oyen la voz de la razón; cuando la necesidad les fuerza a salir de su letargo, entonces ven que los pretendidos derechos de sus tiranos no son sino efectos de la injusticia, de la fuerza o de la seducción; entonces es cuando las naciones, acordándose de su dignidad, ven que ellas no se han sometido a la autoridad sino para su bien, y que jamás han podido dar a nadie el derecho irrevocable de hacerlas felices.»
IV
Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros de lo que había leído en sus papelitos, sin mudar una sílaba. No he conocido varón más cándido e inofensivo que aquel fogoso lector del Semanario, comerciante que había venido muy a menos, y a la sazón, sin negocios, sin familia, y con poquísimo dinero, vivía en aquella casa, manteniéndose con su casi invisible renta. Así como el Gran Capitán oyó lo de la opresión y la injusticia, con los razonamientos puestos a continuación, que no entendiera menos si estuvieran escritos en caldeo, se encaró con su amigo, y burlonamente le dijo:
—¿Se ha acabado la jerga? ¡Lástima que no viniera por aquí el padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara una marimonera de distingo acá... distingo allá... necuacua... útiquis... reñega mayora... y otras palabrillas que se usan en las disputas de los tiólogos!
—¡Teólogos a mí! ¡A mí teólogos y con cascabeles!... ¡Y de la madera del padre Salmón! —exclamó D. Roque guardando el Semanario en el almacén de sus profundas faltriqueras.
—Y ha de venir esta tarde Su Paternidad —dijo agridulcemente la menor de las hijas de Doña Melchora—, pues prometió darme una receta para este mal de la barriga que ha diez días tengo.
—Sí que vendrá —añadió la mayor—, pues quedé en pegarle dos botones en el cuello, y él dijo que traería la cinta azul.
—Pronto tendremos aquí a ese reverendo Salmón —añadió Doña Gregoria—, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para saqueos bastante tenemos con los de los franceses.
No había concluido estas palabras la discreta esposa de Fernández, cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón, que este era su apellido, y no Salomón como algunos le llamaban, sin intención de burla.
—Ahí está, ahí está ese bendito —dijeron en coro las hembras de la reunión—. Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su cuenta las del polvorista... ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole las escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá.