—Gabriel, vamos.

XXI

No valían razones contra él, y cuanto yo pudiera decirle habría sido predicar en desierto; razón por la cual determiné cesar en mi obstinación, reservándome el emplear después cualquier estratagema para impedir una desgracia. Como durante la visita a la casa había transcurrido mucho tiempo, cuando salimos principiaba ya a clarear la aurora, y advirtiendo por las calles más gente de la que en tales horas suele encontrarse, nos fuimos a curiosear un poco antes de volver a Los Pozos. Serían las seis cuando entrábamos en la calle de Fuencarral, y como era esta la hora señalada para la rendición, subían y bajaban por la citada vía numerosos grupos de hombres, armados unos, sin armas otros, pero todos puestos en mucha agitación. Había quien en alta voz declamaba contra lo capitulado, poniendo a Morla, a la Junta y a Castelar como ropa de pascua; otros se desahogaban insultando a Napoleón; muchos rompían las armas, arrojándolas al arroyo; no faltaba quien disparase al aire los fusiles, aumentando así la general inquietud, y, por último, hacia el Arco de Santa María vimos algunos frailes dominicos y de la Merced que, arengando a la muchedumbre, procuraban calmarla.

—Vamos, corramos a nuestro puesto —dijo Fernández—, no sea que nos tengan preparada una sorpresa.

—Aún no es la hora designada —le dije procurando entretenerle de modo que llegáramos tarde.

—¿Cómo que no? —clamó con exaltación, avivando el paso—. Corramos, no sea que lleguemos tarde y entreguen Los Pozos. Mal hemos hecho en abandonar nuestro puesto por una necia sensiblería. ¡Quién sabe lo que hará esa gente si no estoy yo por allí! Corramos, pues ya he dicho que se rendirá Madrid, que se rendirán Los Pozos, que se rendirá el jardín de Bringas; pero que el Gran Capitán no se rinde.

Empezamos a correr, cuando detúvome de improviso un hombre que en opuesta dirección venía. Era Pujitos.

—Gabriel —me dijo muy sofocado—: vuelve atrás, no vayas a Los Pozos; echa a correr y escapa como puedas.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó mi amigo con la mayor zozobra—. ¿Ha venido Napoleón en persona?

—¡Qué Napoleón, ni qué Juan Lanas! —añadió Pujitos empujándome para que retrocediera—. Corre presto, que si llegas allá te echan mano. Ahora mismo han estado esos perros por ti.