—¿Quién?
—¿Quién ha de ser sino D. Luis Santorcaz, ese que llaman Román, y los tres o cuatro pillos que andan con ellos?
—¿Y a mí para qué me buscan?
—Para prenderte.
—¿Y quién es él para prenderme? —exclamé lleno de ira—. ¿Pero no dijeron por qué me quieren prender? ¿Qué he hecho yo?
—Sí dijeron, y es un aquel de traiciones que has hecho y no sé qué diabluras. Conque a correr. Mira que vienen. Aire a los pies y buenos días.
—¿Eh? Basta de simplezas —dijo el Gran Capitán—, y no me detengo más, que hago falta en otra parte.
Y marchose resueltamente hacia arriba sin decir nada más. Luego que me quedé solo con Pujitos, proseguimos nuestro altercado, él queriendo obligarme a que retrocediera, y yo obstinándome en seguir, pues me parecía una fábula aquello de mi prisión y la mudanza de Santorcaz y Román en alguaciles, y sobre todo en perseguidores míos por traiciones que yo no había soñado en cometer. Pero al fin logró convencerme recordando pasados sucesos que podían explicar, ya que no justificar, aquel hecho como una venganza; creí prudente seguir el consejo de mi compañero de armas, hombre que no por ser tonto dejaba de ser honrado, y me escurrí a buen andar en dirección al Espíritu Santo.
Cerca de la calle Ancha tuve un feliz encuentro en la aparición de mi reverendo amigo el fraile mercenario, que seguido de mucha gente venía en dirección opuesta.
—¿A dónde vas, Gabriel? —me dijo deteniéndome.