—Voy huyendo, Padre —le respondí—; huyendo de infames enemigos que me persiguen sin motivo alguno.

—¿Quién, quién es el atrevido que te acosa? —exclamó briosamente.

—Hombres pérfidos, hombres inicuos que han sido espías de los franceses, y ahora aparecen como oficiales de la justicia.

—¿Pero de qué justicia? ¿Quién nos manda? Sepámoslo de una vez. ¿Nos manda aún nuestra Sala de Alcaldes, o nos manda un bigotudo General francés, en nombre de Napoladrón? ¿Ha capitulado ya la plaza?

—No lo sé, Padre; pero es lo cierto que esos hombres me buscan para prenderme, y con autoridad o sin ella llevan sus reales despachos en toda regla, que maldito sea el que se los dio para que satisfagan infames venganzas personales.

—Vamos a ver qué es eso...

—No, Padre: yo no pienso ver nada más que la calle por donde corro, porque conozco la clase de gente en cuyas manos voy a caer.

—Por la Santísima Virgen del Carmen, que nadie te ha de tocar el pelo de la ropa, al menos yendo conmigo. Ea, señores —añadió Salmón volviéndose a los que le seguían—, me voy a mi casa. Se despide de ustedes el Padre Salmón, de la Orden de la Merced: ya no soy nada, hijos míos; ya no tenéis Padrito Salmón; ya no tenéis quien os predique, ni quien os aconseje, ni quien os diga cosas joviales. Se acabó todo: España es de los franceses; adiós, frailes y monjas, que a todos nos van a quitar de en medio, hijos míos, y no hagáis pucheros, que de nada valen ahora estos pucheros, pues no se defiende la religión con lagrimitas... No lloréis, que tarde piache, como dijo el otro, y sucumbamos. Adiós, hijos míos, que ahora os quieren hacer a todos herejes, y los religiosos estamos de más. Yo os echo la bendición: cuidado, cuidadito con los pecadillos. Y tú, joven desgraciado, arrímate a mí, que aún nos queda un poquillo de influjo, y nadie te hará nada yendo en mi compañía. Ven conmigo a la Merced, y allí procuraremos ponerte en salvo.

Cuando marchamos juntos hacia la calle Ancha, oímos en derredor nuestro estentóreas y acaloradas voces de hombres y mujeres que gritaban: «¡Viva el Padre Salmón! ¡Muera Napoleón! ¡Muera el rey de Copas!»

—En mi convento estarás seguro —me dijo luego el mercenario— hasta que puedas salir de Madrid. ¿Piensas salir?