—En cuanto pueda, Padre: no puedo ni debo estar más aquí.
—Haces bien: algunos compañeros míos piensan marcharse también a levantar por ahí el espíritu de los pueblos. Yo no saldré de Madrid, porque mi naturaleza es tan delicada y flatulenta, que no resiste los trabajos, hambres y estrecheces de una misión. A la casa de Madrid me atengo: ni quito ni pongo rey, y aunque dicen que el hermano de Copas nos quiere quitar, todo es filfa, hijito mío. Yo sé que andan por Madrid emisarios del Emperador, que nos hacen la mamola a cencerros tapados para que le rindamos pleito homenaje y transijamos con él, requisito indispensable para tratarnos a maravilla, por lo cual opino que tan bien se sirve con Pedro como con Juan, y adelante con los faroles, porque si tienes hogazas no pidas tortas, y si te dan la vaquilla acude con la soguilla, que como dijo el otro, mano que da mendrugo, buena es aunque sea de turco.
Tan sumergido estaba yo en mis pensamientos, que no contesté a mi amigo, si bien mi silencio no fue parte a que dejara de seguir hablando por todo el trayecto, durante el cual no nos ocurrió desgracia alguna, ni tuvimos ningún mal encuentro.
—Ya estamos en casa —me dijo cuando entramos—. Sube y probarás de unas estaquitas de la olla de ayer que el refistolero me ha guardado para hoy, poniéndolas con arroz; y te advierto que en todo lo que sea de arroz soy una especialidad, y a mí se me debe la introducción de las almejas y de la canela en la paella valenciana.
Entramos en su celda, donde me dejó, volviendo al poco rato con un cazuelillo debajo del manteo; y con esto y una botella que sacara de la alacena, juntamente con una cesta llena de pedazos de pan, higos, aceitunas, nueces, embutidos, queso, dátiles y otras viandas, aderezó un almuerzo que me vino de perillas.
—Esta misma celda en que estás, y que es la mía —me dijo mientras comíamos—, fue ocupada hace más de doscientos años, allá en los de 1620, por aquel insigne mercenario Fr. Gabriel Téllez, a quien generalmente se conoce por el maestro Tirso de Molina. Es fama que en este sitio, y quizás en esta misma mesa, escribió su célebre Crónica de la Orden, porque comedias se cree que no hizo ninguna después de meterse a fraile.
—¿No le ha dado a Vuestra Paternidad por hacer comedias? —le pregunté.
—Hombre, algunas he hecho, y ahí están pudriéndose en aquella alacena. Mas no he intentado que se representen, porque el Prior nos lo prohíbe, aunque son todas devotas. Una hice que no me parece mala, y se titula El Santo Niño de la Guardia. No deja de tener su sal otra que compuse con el rótulo de La tutora de la iglesia y doctora de la ley, toda en sonetos arreo, entreverados con lo que se llaman séptimas reales; y me daba tanto el naipe por estas obrillas, que enjaretaba dos en una semana, y si no me lo prohibieran, le hubiera echado la zancadilla a Bustamante, que escribió trescientas veintinueve comedias de santos.
—¿Y en qué se ocupa ahora Vuestra Paternidad?
—¿En qué me he de ocupar, muchacho, sino en hacer jaulas de grillos? ¿No sabes que soy el primer jaulista de Madrid? Pues a fe que me dan poco trabajo las tales obras. Mira cuántas hay allí. Aquella que tiene tres pisos, con dos hermosísimas torres y su reloj figurado en el centro, es para las monjas de Constantinopla, y aquella otra redonda que está por concluir, para las Carmelitas Descalzas, que ha un mes me tienen loco con la dichosa obra.