En efecto: todo un rincón de la celda estaba lleno de jaulas hechas y por hacer, con todos los materiales y herramientas propias de aquel oficio. De libros no vi sino los folletos y papeles que días antes recogió en casa de Amaranta.
—Yo soy un hombre que abomina la holgazanería —continuó Salmón—, y no me parezco a otros de esta misma casa que no se ocupan en maldita la cosa, aunque hay algunos, la verdad sea dicha, como el Padre Castillo, que noche y día están metidos en un mar de libros y papeles.
—Y en verdad, Padre —le dije—, ya que no hay cautivos que redimir, todos ustedes deberían pasar el tiempo en algún útil menester.
—Pues los hay que como no sea tirar a la barra en la huerta y jugar al tute en la solana, no hacen nada. Y si no, en la celda de al lado tienes al Padre Rubio que se pasa la vida haciendo acertijos y enigmas, los cuales envía a las monjas para que ellas le devuelvan la solución y nuevos problemas, y tienen establecidas ganancias y pérdidas para el que acierta y para el que yerra, las cuales pérdidas y ganancias consisten siempre en algo de condumio. ¡Pues y el Padre Pacho, que se ha dedicado a hacer punto de media, y labra unos primores...! Esto es andar a mujeriegas, lo cual no me gusta. Yo al menos he hecho, en lo tocante al arte eminentísimo de las jaulas, adelantos admirables, y además me dedico a la medicina, para lo cual, con aquel Dioscórides que está a la cabeza de mi cama tapando la escudilla, me basta y me sobra.
Por estos caminos siguió nuestra conversación, hasta que me entró gana de dormir. Mi amigo pidió permiso al Prior para que me quedase allí todo el día y aun toda la noche, refugiado contra una injusta persecución, y me llevaron a una celda vacía, donde en lecho muy blando me acomodó, rindiéndome de tal modo el sueño, que hasta el siguiente día no di acuerdo de mí.
XXII
Cuando me levanté y hube despachado el desayuno que con sus propias caritativas manos me llevó el Padre Salmón, salí al claustro alto, donde mi amigo me dijo:
—Hay grandes novedades. Ayer a eso de las diez se entregó la plaza a los franceses, una vez firmada la capitulación por el Emperador en su Cuartel general de Chamartín.
—¿Y ha habido algo en Los Pozos? —pregunté, acordándome pesaroso del Gran Capitán.
—Creo que es el único punto donde hubo alguna resistencia, pues de todos los demás se apoderó sin dificultad el general Belliard, Gobernador de la plaza.