Salió al encuentro de Salmón un fraile pequeño y viejo, que se apoyaba en un palo; hombre al parecer enfermizo y de mal genio, que dijo:

—¿Sabe su merced, Sr. Salomón jaulista, las bases de la entrega?

—Hermano Palomeque, no las sé; pero creo que ha llegado Fray Agustín del Niño Jesús, el cual dicen tiene una copia que le suministró un individuo de la Junta.

—¿Qué, de vuelta por el claustro, Padre Palomeque? —dijo un frailito joven, barbilindo, ancho de cuello, pulcro de rostro, arrebolado de nariz, nimio de cerquillo y con cierto aire galán, el cual de improviso se unió a nuestro grupo.

—Lo que hay —contestó Palomeque con rabia, dando un fuerte bastonazo en el suelo— es que anoche me han robado una gallina, de las seis que tenía en el corral, y ¡ay del pícaro zorrón si le descubro, que por nuestro santo hábito, si fuera cierta la sospecha que tengo de un fraile madamo y almibaradillo, yo le juro que me la ha de pagar!

—¡Oh curas hominum! ¡Oh quantum est in rebus inane! ¡Oh cupidinitas gallinacea! ¿Y todo ese enfado es por una polla seca y encanijada, con cuyo caldo se podía administrar el Bautismo?

—Basta de bromas; y si era encanijada, no la tenía yo para ningún zángano —exclamó Palomeque—. Pero a otra, y díganme de una vez en que términos se ha hecho esa maldita capitulación. Por ahí asoma Fray Agustín del Niño Jesús.

Llegó, en efecto, con paso grave el tal Niño Jesús, que era un fraile altísimo de estatura, moreno, de pelo en pecho, de aspecto temeroso, ojos fieros y una voz, por raro constraste, tan infantil y atiplada, que parecía salir de otra garganta que la suya. Seguíanle otros dos frailes.

—Vamos a ver, señor músico, ¿qué dice esa minuta? —le preguntó el fraile barbilindo.

—Ahora lo veredes, dijo Agrages —fue la contestación del Padre Agustín—. Creo que Napoleón ha aceptado todos los artículos, excepto dos o tres de los menos importantes.