—El primero —dijo Salmón— habla de la conservación de la religión católica, sin que se consienta otra.
—Justo —respondió el Niño Jesús sacando un papel—; y el segundo de la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos de Madrid. Igualmente establece el respeto a las vidas, derechos y propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos, conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a nuestras leyes.
—Como no lo han de cumplir —indicó Palomeque—, excusado es que lo digan. Siga adelante.
—¿Para qué ha de leer más? Lo que sigue poco interés tendrá, y apuesto a que habla de que si las tropas saldrán de Madrid con los honores de la guerra o no.
—Justo —dijo Fray Agustín—, y también hay otro artículo en que se establece que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos políticos.
—Eso está muy mal pensado y peor resuelto —dijo otro de los presentes, que era el Padre Rubio, fabricador y artífice de acertijos—, porque si no quitan de en medio a los francmasones y diaristas...
Luego el frailito almibarado, que era nada menos que maestro de Teología, llegose a Salmón y le dijo:
—¿Se atreve Vuestra Paternidad a echar dos tantos a la barra esta tarde después de la siesta?
—¿Pues no me he de atrever? —contestó—. Y tú, Gabriel, ¿juegas a la barra?
—Este joven —dijo el maestro de Teología con bondad— ¿es aquel portento de las Humanidades, aquel consumado latinista de quien Vuestra Merced me habló?