—Chúpate esa y vuelve por otra —dijo a D. Roque la menor de las hijas de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente apabullado bajo el peso de aquellas incontestables razones.

—¿Conque más todavía? Pues sepa mi señor Salmonete —dijo D. Roque, llevando al último extremo su familiaridad con el fraile— que ahora se va a reunir la nación en Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no doy dos maravedises por lo que de Gobierno absoluto hubiere después de la guerra. ¡Abajo los tiranos! —añadió poniéndose en pie y alzando los brazos con endemoniada exaltación—. Y si hay un frailazo chocolatero que me desmienta, alce la voz, y venga delante de mí, que yo le reto a singular polémica, aunque traiga más textos que escribió Pedro Lombardo, y más latines y aforismos y comprobatorias y distingos que han eructado en diez siglos las cátedras salmantinas y complutenses.

—¿Y cómo había yo de ponerme a disputar con semejante pedazo de acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrían mis argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? —argumentó el Padre Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso, sino riendo a todo reír, pues su humor de mantequillas era tal, que no se le vio colérico más que una sola vez.

—Pues empecemos —dijo D. Roque poniéndose verde.

—Empecemos —replicó Salmón restregándose las manos y haciendo después grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un grave predicador.

—No quisiéramos más para reírnos de Don Roque —dijo la mayor o la menor (que esto no lo tengo bien presente) de las hijas de Doña Melchora.

—Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mías —dijo Salmón—, venga ese chocolate, que aquí mi amigo D. Roque dice que no se puede pasar sin él.

—Quien no se puede pasar sin él —contestó el aludido— es su magnificencia reverendísima, que en llegando a estas horas, como no ponga un puntal al estómago se cae rendido.

—Pues usted lo dice, amigo papelista eminentísimo —contestó Salmón dando otra vez rienda suelta a la risa—, así sea, y venga ese chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que el disputar, dejémonos de querellas, y pelillos a la mar, y cada uno piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII.

—Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado —dijo Fernández—, y un día hemos de verle por esas calles con una Gaceta en cada dedo.