—¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! —añadió Salmón dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o de la menor de las hijas de Doña Melchora—. Y esos piquitos de oro, ¿por qué no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren los espíritus?
—Bueno, bueno.
Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera:
Con un albañilito
Madre, me caso,
Porque son de mi gusto
Los hombres blancos.
—Eso tiene poca gracia —dijo Salmón—. A ver otra.
—Pues allá va la que está de moda:
Bonaparte en los infiernos