Tiene su silla poltrona,

Y a su lado está Godoy

Poniéndole la corona.

Sus compañeros

Van de dos en dos:

Murat, Solano,

Junot y Dupont.

—¡Bravo, magnífico! Doña Melchora, tiene usted dos niñas que envidiaría cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho?

—En estos tiempos, Padrito —dijo la madre—, suele caer algún bordado de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquella ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! La que bordó los calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro; la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a miserables letras de cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias de consejero, o ropón de Niño Jesús, que caen de peras a higos. ¡Buenos están los tiempos!

—Cuando esto se acabe... —dijo el fraile.