—¿Cómo cuando esto se acabe? —gritó de improviso D. Roque, interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo—. Antes, muy antes de que esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no lo quieren creer!

—Que te despeñas, Roque amigo.

—¿También eso lo dicen los papeles? —preguntó con mucha sorna el Gran Capitán.

—También lo dicen, sí señor. ¿Pues no lo han de decir? Y cómo se me ha de olvidar, si lo sé de memoria, y anoche, luego que me acosté, estuve recitando en voz alta aquello de... «Después de tantos años de abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos, amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de un solo hombre, con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas es como puede conocerse a fondo el estado de una nación, sus recursos, sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus buenos deseos.»

—¡Lindísimo sermón! —exclamó el Gran Capitán—. Ayer le contaba a mi compañero en la portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi vecino D. Roque, y me dijo que esto se llamaba el democratismo. ¿Es así, Padre?

—Llámese como se quiera —repuso el venerable Salmón—, lo que digo es que este chocolate, que ahora nos trae la señora Doña Gregoria, y cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo que viene en el canjilón, me parece tal, que solo podría servírsele semejante al Sumo Pontífice.

—Y a la abadesa de las Huelgas de Burgos —dijo Doña Gregoria—; que ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su esposa es la tal abadesa de las Huelgas.

—Así es —añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el canjilón—; y por lo que hace a eso del democratismo, yo le aconsejo a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades, pues por ahora, y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos libres de ellas.

—Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los franceses —dijo la mayor de las hijas de Doña Melchora—, y también para defender los usos y pláticas del reino contra las novelerías que quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el plumista, que es sargento de voluntarios.

—Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese saladísimo paje de D. Gaspar Melchor de Jovellanos —añadió la otra—, que los españoles guerrean por echar a los franceses y por mejorar la mala condición de los reinos, quitando las muchas cosas malas que hay, al modo de lo que dice D. Roque por las noches, cuando predica a solas y a oscuras en su cuarto.