—Muy bien —declaró Salmón batiendo palmas—. Me parece buena idea la del coche; pero para mayor seguridad, te vestiremos de novicio. Venga la carroza prioral y a casa de la Condesa.
—Pues entrareme también en ella, y me dejarán de paso en Santo Tomás —añadió Vargas.
—Pues allá voy también —dijo Luceño—, si me dejan en las Descalzas Reales.
Y así acabó la conferencia, sin más resultas que las de mi improvisado disfraz de novicio y mi viaje a casa de la Condesa, donde me pasó lo que el lector verá a continuación si tiene paciencia para seguir leyendo.
XXV
La Condesa mostró mucho asombro al verme. Hallábase en la misma habitación donde algunos días antes me había recibido, y cuando entramos, apartose del secreter donde escribía, para venir a nuestro lado. Castillo principió preguntándole por la salud de todos, y luego en breves palabras le expuso los motivos de mi visita y de mi nuevo traje. Cumplida esta misión, y añadiendo que necesitaba ver a la señora Marquesa, pidió a Amaranta venia para pasar adentro, y con esto nos quedamos Salmón y yo solos con ella.
—Por ahí se murmura que yo soy afrancesada —dijo Amaranta—; pero no es cierto. Mi tío sí ha abrazado la causa del Rey José con tanto entusiasmo, que cuando le contradecimos en algún punto relativo a estas cosas, nos quiere comer a todos. Vive en el Pardo con su hija desde hace tres días en el mismo Palacio Real, pues el Rey intruso se ha empeñado en incluirle en su alta servidumbre. Está mi tío loco de contento, y si viene esta tarde a Madrid, como decía, yo le rogaré que me proporcione una carta de seguridad para este mancebo.
—Ya estás salvo, Gabriel —exclamó el mercenario—. ¿No te dije que esta excelsa señora te sacaría de tan mal paso?
—Aún mejor puedo conseguirlo por mi primo el Duque de Arión, el cual, más que afrancesado, es francés puro, y si viene mañana a Madrid, como espero, no olvidaré este encargo.
—Vaya, no hay que pensar en que te echen mano —dijo Salmón levantándose—. Ya estás salvado, chiquillo; prostérnate ante Su Grandeza y dale un millón de gracias por tantas mercedes. Y ahora, señora Condesa, si usía me da su licencia, voy a pasar a ver a mi señora la Marquesa, que el otro día me habló de unos requesones, acerca de cuyo mérito quería saber mi voto.