—Dificilillo es —afirmó Luceño—, pues entiendo que se miran mucho para dar las tales cartas, y sin ellas no es posible dar un paso de puertas afuera.
—Sin embargo —dijo el discreto Castillo—, hay multitud de personas que por estar en bien con los franceses, pueden socorrer a este joven. ¿No conoce usted ninguna persona de alta posición y de influencia?
—Sí, ya me ocurrió acudir a la señora Condesa —indicó Salmón—, y confío en que su generosidad sacará a este joven del mal empeño en que se ve. El señor Marqués se ha afrancesado, y dicen que va a entrar en la alta servidumbre del Rey José.
—El Sr. D. Felipe bebe los vientos por que cualquier Gobierno se acuerde de él —dijo Castillo—. Algo debe de haber de cierto en eso, pues hace tres días, después de haberse presentado a Belliard, fuese al Pardo, donde se ha instalado con su hija. Ayer creo que debió llegar a dicho real sitio el Rey José. A pesar del influjo que en la botellesca Corte tiene el señor Marqués, yo no me fiaría de él para ningún delicado asunto. De más eficacia me parece en el caso presente el señor Duque de Arión, pariente de esta familia y que goza de gran poder en el Cuartel general.
—¡Admirable idea! Veremos al señor Duque.
—No ha llegado aún a Madrid; y como no sea exponiéndose a los peligros de un viaje a Chamartín, este joven no podría verle.
—Lo mejor —añadió Salmón— es que veamos hoy mismo a la señora Condesa. ¿Va hoy allá la Paternidad del Sr. Castillo?
—Dentro de un rato, pues la señora Marquesa me ha mandado llamar hoy con toda premura. Si quiere este joven venir conmigo, le llevaré.
—Oportunísimo —añadió Salmón—. Yo iré también. Pero, hijo, si en la calle acertamos a pasar por junto a esos cafres...
—Pues bien —dijo Ximénez—: para que vaya más seguro, yo les presto mi coche, que, con sus dos gallardas mulas, debe de estar ya en la huerta.