—Y también está amenazada la Trinidad Calzada —apuntó Luceño— si no de que la derriben, al menos de que la vacíen.
—Eso no puede ser —declaró Vargas—, que más glorias encierra mi casa que todos los demás claustros de Madrid reunidos. Díganlo si no, el beato Simón de Rojas y el Padre Hortensio de Paravicino, autor del libro De locis theologicis.
—Autor de las Oraciones evangélicas, de la Historia de Felipe III y de la España probada, querrá decir Vuestra Paternidad —indicó Castillo con malicia—; que el libro De locis theologicis, hasta los chicos de las calles saben que es de Melchor Cano.
—Tiene razón Castillo: me equivoqué. Pero sea lo que quiera, también tiene mi convento la honra de haber rescatado, mediante los Padres Bella y Gil, al inmortal Cervantes, autor del Quijote, Sr. Castillo, pues yo también entiendo algo de autores. En caso de desalojar conventos para oficinas, ahí está Santo Tomás, donde caben todas.
—¡Cómo es eso! ¡Santo Tomás! ¡Desalojar a Santo Tomás, el más ilustre de los conventos de Madrid! —exclamó impetuosamente el dominico—. ¿Y qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo de las procesiones que de allí salen con motivo de las funciones del Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid, si quieren hacer plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna, porque setenta y dos conventos para una población de 160.000 almas, me parece que no es mucho. Las casas de religiosos apenas ocupan un poco más de la mitad del perímetro de esta gran villa, lo cual no es nada desmedido, y de todas las casas que se alzan en ella, solo cuatro quintas partes pertenecen a conventos, memorias pías, capellanías y otras fundaciones.
—Y dígame, Luceño —preguntó Ximénez—, ¿van dominicos a la reunión que convoca el Corregidor?
—Creo que no. Según he oído, solo se prestan a ir a Chamartín el prepósito de San Cayetano, el abad de Montserrat, dos Agonizantes, un par de Franciscos, un Rector de Niñas de la Paz y un Afligido.
—Pues esos sacarán tajada, no lo duden vuestras mercedes. Sobre nosotros lloverán los decretos y las terceras partes.
—Mi opinión es —dijo Salmón— que, pues cuesta bien poco ir de aquí a Chamartín, nada se pierde con que vayan un par de Padres, y yo me brindo a ello, que bueno es estar bien con todos, y el orgullo es pecado, y quien al cielo escupe en la cara le cae.
—No en mis días: de esta casa no irá nadie —aseguró Ximénez de Azofra—; y en cuanto a este joven, nada podemos hacer. Indigno sería pedir favores a quien nos trata mal, amenazándonos con terciarnos y partirnos como si fuéramos aranzadas de tierra. Conque busque usted quien le proporcione la carta de seguridad para salir de Madrid.