—¿Qué tiene que ver España, ni San España, ni Marizápalos con esos bienes?
—¿De modo que nuestras granjas de Leganés, de Valmojado...? —preguntó Salmón.
—¡Ya se ve! De esto se ríen todos esos infelices Mínimos, Gilitos y Franciscos que nada tienen. A ellos, ¿qué les importa? Por eso van a hacerle el como la porta bu. Bien, retebién. Y lo mismo hacen los Afligidos, que son la cáfila de majaderos más desaforados que he visto.
—No murmurar, hermano —indicó Castillo.
—Dios me lo perdone —dijo Luceño—, y no lo digo por nada malo, que hay Afligidos de todas clases. ¿Pero creen vuestras mercedes que se llevará a cabo esto de las terceras partes?
—Yo creo que va a ser dificilillo.
—Pues yo temo que lo llevarán adelante —afirmó Luceño—; que esta mañana me ha dicho en confianza un regidor que va a Chamartín, que ya tienen hecho su plan, y que dentro de pocos días comenzará el restar y dividir, para dar principio a la demolición de los conventos.
—¡La demolición!
—Sí; que todas estas casas las destinan a oficinas del Estado, y la primera que va a caer hecha pedazos es este monasterio de la Merced en que ahora estamos.
—¡Cómo, la Merced! ¡Se atreverán a ello! —exclamó Ximénez de Azofra, dándose un golpe en la rodilla—. ¡Cómo! ¿Se atreverán a derribar esta casa, que lo fue del gran Tirso de Molina? ¿Y la gran devoción que inspira la Virgen de los Remedios, que está en una de nuestras capillas? ¿Pues y el sepulcro de los nietos de Hernán Cortés? No, no puede ser. Derriben en buen hora otras casas de religiosos; pero no esta por tantos títulos, además de su antigüedad, venerable.