Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras los reinos de España. Después de leído, aún duró una buena pieza el silencio.

XXIV

—¡Toquen castañuelas, repiquen panderos, machaquen almireces, punteen vihuelas y aporreen zambombas para celebrar el talento del sabio legislador, harto de bazofia y comido de piojos, que sacó de su cabeza ese pomposo y coruscante decreto! —exclamó al fin Luceño dando un porrazo en el brazo del sillón y levantándose.

—¿Conque a la tercera parte? —dijo Salmón—. ¿De modo que de cada tres no ha de quedar más que uno?

—Eso es, y los demás a la calle, a pedir limosna, porque una pensión de tres mil reales para personas que han de vivir decentemente, es aquello de hártate, comilón, con pasa y media.

—Y afuera novicios.

—¡Y no más profesar!

—Y con los bienes se aumentará la congrua de los curas.

—También eso está bien —dijo el dominico—. Alábelo su merced, Padre Castillo. ¡Que nos quiten lo nuestro para darlo a los curas! ¿Quiénes son los curas, ni qué hacen esos zanguangos en bien de la cristiandad? Ya... como los curas son tan tibios patriotas... ¡Estoy que bufo!

—Lo mejorcito es que los bienes de los conventos suprimidos pasen al dominio de España.