—Todo se arreglará, hombre, todo se arreglará. A pesar del decreto de proscripción, hemos salvado la vida a Infantado, Alba, Santa Cruz del Viso, Medinaceli, Híjar, Fernán-Núñez, Altamira, Castel-Franco, Cevallos, y al Obispo de Santander, sentenciados a muerte por el decreto dado en Burgos el 12 de noviembre. Se les envía a Francia simplemente. Otras muchas cosas ha dispuesto el Emperador, modificando sus primitivas determinaciones; pero no las puedo decir, no; no te diré una palabra, sobrina, de estos delicados negocios: ya te veo sonreír... Ya te veo a punto de emplear las armas de tu seducción para poner sitio a la fortaleza de mi secreto; pero no te diré nada, no, ni una sílaba; ni tampoco a usted, Salmón, que me mira con esos ojazos, que revelan toda la concupiscencia de la curiosidad.
—No quiero saber nada de eso —dijo Amaranta—. ¿Y mi primita?
—Contentísima.
—¿Cómo contentísima?
—No, no; quiero decir, tristísima. En dos días creo que no habrá dicho seis palabras. Se ocupa en sus labores con una asiduidad que me asombra, y no hay quien la haga presentarse en el gran salón de Palacio.
—Ha hecho usted muy mal en dejarla sola —dijo la Condesa con cierto enfado.
—¿Y qué le ha de pasar? ¿No quedan allí los criados? ¿No está con tu doncella y con Serafina, que ni un instante se separa de su lado?
—Pero ya le dije a usted que Inés no debe quedarse sola con doncellas y criadas en ninguna parte —añadió Amaranta notoriamente contrariada.
—¿Estamos viviendo en despoblado? —dijo el Marqués riendo—. En el Pardo, en el mismo Palacio del Pardo, donde vive un Rey con numerosa servidumbre y guardia, ¿no puede quedarse sola mi hija por cuatro o cinco horas? ¡Si vieras qué habitación tan magnífica me han destinado en el piso bajo! Dan sus balcones al jardín del Mediodía, y se goza allí de una deliciosa vista. Ayer y hoy por la mañana, Inés salió a dar un paseo por el jardín. ¡Buen rato pasó la pobrecita!... ¿Pero cuándo vienes al Pardo? Por Dios y María Santísima, que sea pronto. Allí se pasan las noches deliciosamente, y no puedes figurarte cuán amable, cuán discreto, cuán bondadoso es el Rey José. ¡Cuánto nos reímos anoche! Él me preguntó: «¿Por qué dicen los españoles que soy borracho, cuando no bebo más que agua?» Yo me quedé un tanto cortado; pero disculpé a mis compatriotas como pude.
—Mañana —dijo Amaranta— nos iremos mi tía y yo, pues ya, a fuerza de sermones, voy logrando vencer su repugnancia a los franceses. Y ahora que me acuerdo, tío, tiene usted que procurarme una carta de seguridad para que pueda escaparse de Madrid una persona injustamente perseguida.