—¡Oh, no, de ningún modo! —dijo el diplomático—. Yo no oculto insurgentes, ni favorezco de modo alguno la insurrección. ¿Cartitas de seguridad? Nada, nada, sobrina, no ampares pícaros, ni protejas a los que se obstinan en aumentar los males de la patria. Sométanse todos a ese bendito Soberano que no bebe más que agua, y entonces se acabarán las precauciones. Es preciso sofocar la insurrección que hierve en los alrededores de Madrid, y hacen muy bien en no dejar salir ni una mosca.
—Bueno —dijo Amaranta—. Mañana ha de llegar mi primo el Duque de Arión, y él me dará cuantas cartas de seguridad se me antoje pedirle.
—¡Que viene mañana! —dijo el Marqués—. Yo le esperaba esta noche. Me han dicho que ya cumplió la misión que le dio el Emperador en Burgos y ha regresado al Cuartel general. Entrará también en la servidumbre del Rey José. Si llega mañana, inmediatamente os marcharéis todos juntos al Pardo. ¡Cuánto deseo verle! Era tamañito así cuando su madre se fue a vivir a París hace catorce años. Otro más travieso no vi nunca. Yo, jugando a todas horas con él, le inculcaba los rudimentos de la historia patria. ¿Me deparará Dios un excelente yerno?
—Veremos —repuso Amaranta—. No puedo dar mi opinión mientras no le trate. El Duque de Arión se ha educado en París.
—Educación a la francesa —dijo Salmón—. Vade retro. ¿Apostamos a que viene mi señor Duque hecho un filosofillo de tomo y lomo?
—¡Oh, no! —exclamó el diplomático—. Desde que supe que se había afiliado al bando napoleónico, le tuve por muy discreto. Su entrada en España con el Emperador, las difíciles comisiones que este le ha dado para entrar en tratos con las ciudades rebeldes, prueban... ¿pero qué veo?... Las dos, y yo aquí de conversación olvidando las mil comisiones... Adiós, sobrina; adiós, Padre Salmón y la compañía. Yo me vuelvo loco con tanto ir y venir... Es terrible que esos señores no puedan hacer nada sin uno... Adiós, adiós.
Y sin cesar de hablar, salió de la habitación y de la casa apresuradamente.
XXVI
Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de qué medio se valió la Condesa para facilitarme la deseada fuga. Mandome, pues, que volviera al día siguiente, prometiéndome tener todo concertado y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de tiempo emprender la marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las matritenses puertas. Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al otro día, cuando nos disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta, llamonos el Padre Prior, y nos dijo:
—Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma, si no encuentra medio de escaparse, es fuerza que busque un asilo más seguro.