—¿Más seguro que la Merced?

—Sí —añadió Ximénez de Azofra—. Han venido a avisarme que se sospecha de los conventos, que se nos acusa de ocultar a los conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced.

—Por fortuna la señora Condesa te amparará hoy mismo —dijo Salmón—. Vamos allá sin perder un instante.

Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a casa de Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante alegre:

—Mi primo el Duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido conseguir la carta de seguridad antes de tres días.

—Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora Condesa —dije.

—¿Esta misma noche?

—Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa —añadió el Padre Salmón.

—Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso —indicó Amaranta—. La principal contrariedad consiste en que no puede uno fiarse de nadie. Me han asegurado que la policía francesa ha extendido sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas. No quisiera poner en el secreto a ningún criado, y... ¡Ah! ¿No podría salir con ese mismo traje de novicio?

—Mal vestido es, señora, para estas circunstancias —dijo Salmón—. Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen desnudar, no librándose de este vejamen ni aun las pudorosas doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones, confrontándolas con las notas de la carta; hacen vaciar las faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante los ojos de distintos esbirros.