—Un criado de casa —dijo la Condesa— tiene carta de seguridad. Con ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de esa gente?

—Los paletos —dije yo— son los más perseguidos y a los que primero detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con los insurgentes de fuera.

—En este momento —exclamó Amaranta— me ocurre una idea salvadora.

Diciendo esto llamó a un criado y mandole un recado al Duque de Arión, que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia casa. El cual Duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja, callando su verdadero título, que es de los más conocidos entre los de España, era un joven de veintidós a veintitrés años, delgado, de regular estatura, semblante frío y sin expresión, de modales elegantes y comedidos, como de persona habituada a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y en tiempo del Directorio: allí se educó, permaneciendo tres lustros fuera de su patria. Era primo, no sé si en segundo o tercer grado, de los que yo llamo de Leiva; pero la Marquesa, que le había criado, casi le consideraba como hijo. Ya saben ustedes que este joven, a quien no faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial. Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de los vecinos acomodados de Burgos: desempeñola bien, según entendí, y al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de visitar su posesión de Parla, donde había nacido. Llegó Arión por la noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de copiar, reuniendo los más oscuros recuerdos que almacena en sus antros sin fin mi memoria.

—Primito —dijo Amaranta—, me vas a hacer un favor.

—¡Oh! Mi querida prima —repuso Arión—, de tout mon cœur.

—Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo que me harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de obsequiarme.

—¡Oh, ma belle comtesse! —dijo el currutaco llevándose la mano al corazón—. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si pudiera exprimaros lo que siento... Mi deseo fuera que me demandaríais quelque chose de más difícil, extraordinario y peligroso, para probaros que...

—Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú traes los primeros figurines de ella.

—¡Oh, oh!