—¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad? Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien persiguen miserables polizontes por satisfacer una ruin venganza.

—¡Oh, oh, volontiers! Ma belle contesse es dueña de hacer lo que querrá con mi nombre.

—También me darás uno de tus vestidos, primito, ¿no es verdad? —dijo Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente de pies a cabeza—; uno de esos magníficos trajes que has traído de París, hechos conforme a las últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los petimetres de por acá.

—¡Oh, oh, yo soy très contento de daros mi hábito!

—Pues bien —dijo Amaranta con satisfacción—. Creo que podré salir adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con el menor riesgo posible.

Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio diciéndome:

—Esta tarde, antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de boca.

—Señora —dijo el fraile—, volveré al anochecer o cuando usía quiera; que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado.

—Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi madrina, que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad.

Di yo las gracias a la Condesa por sus muchas bondades; rogome ella que si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole el sitio de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su protección, y con esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el camino del convento.