Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno ciertamente de su habilidoso y enredador talento.
—No he visto más graciosa invención —dijo mi amigo—. Te pones el vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal; y como tú y el señor Duque tenéis la misma estatura y talle, quedarás que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor Duque de Arión que sale por la Puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla. Asimismo estará a tu disposición un coche... ¡pero qué coche! La señora Condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado por esos indignos corchetes, y teme confiarles el secreto. Para quitar de en medio esa dificultad, he solicitado de una amiga que le facilite un bombé... ¡Conque en bombé nada menos, chiquillo! Te advierto que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión; y como no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno fuese bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú les digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo, en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque, señor Duque, beso a usía las manos. Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y tu carta de seguridad... Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos gaznápiros, se quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a acompañarte hasta tu palacio de Parla. ¡Que las tenga vuecencia muy felices!
La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando con Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me conociese, era inevitable mi escapatoria, pues mi carta de seguridad llevaba el nombre de una principalísima persona, reputada por muy adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día, y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios; mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca, chupa y calzón de paño verde muy oscuro, con medias del mismo color; cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, mas aún conservaba muy buen ver.
Cuando encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había adivinado las medidas de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido, podía echarme a buscar aventuras por las altas casas de Madrid, seguro de encontrar en alguna quien me mirase con agrado. A estas alabanzas contestaba yo con risas y bromas; pero la verdad era (y en conciencia no quiero ocultar esto, aunque me desfavorezca) que yo estaba un poquito envanecido con mi traje, y todo se me volvía dar vueltas ante un espejillo, pues también en los conventos los había. El más satisfecho de todos era Salmón, que no cesaba de hacer reverencias ante mí, llamándome señor duque; y por fin, lleváronme como en jubileo a la celda del Prior, el cual se rio mucho, alabando con exageración mi buen empaque.
Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba con mucho empeño. Salimos los dos, y en el claustro bajo hallamos a Don Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al mercenario, y le habló así:
—Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse.
—¡Pobre Zainilla! —exclamó el religioso—. ¿Y qué es ello?
—Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo, y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio, y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho más que morderse, arrancarse los cabellos, o insultar a todos, a mí principalmente, llamándome necio y mentecato.
—¡Era usted su cortejo! —dijo con desabrimiento Salmón—. ¡Oh, entre qué gente anda metido el señor Conde de Rumblar!
—Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la Zaina, que se muere, pues ahora a ratos llora mucho y habla con razón diciendo que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a ratos le entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos que laven las piedras del arroyo que están manchadas de sangre, y luego pregunta que cuándo acaba de pasar la estera, que ya lleva tantos años y tantos siglos de estar pasando por delante de sus ojos; en fin, mil desatinos que no son para contados.