—Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al Prior, por ser ya de noche.
—Gabriel —me dijo Rumblar cuando nos quedamos solos en el claustro—, ¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero?
—Amigo D. Diego —le contesté—, de menos nos hizo Dios.
—¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a vueltas con estos frailuchos?
—Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente —le dije—, siquiera porque estamos en su casa.
—No les puedo ver. Santorcaz, que todo lo sabe, me ha contado mil cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el Padre Tragaldabas, no le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me adora, y seguramente es quien, intrigando en casa de la Marquesa, ha hecho fracasar mi proyectado casamiento.
—¿Ya no se casa el señor Conde? Eso no le será penoso, porque me parece haber oído decir a usted que no amaba mucho a la novia.
—Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses. ¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en el mundo. Además, él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio, me asegura que yo tengo talento, disposición, y estoy llamado a muy grandes cosas, por lo cual me dice: «D. Diego, a usted le es necesaria una buena posición, que le permita desplegar sus dotes.»
—¿Pero usted no tiene por sí una desahogada posición?
—Bicoca: el patrimonio de Rumblar es de esos que hacen en las ciudades chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en quinta fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza de que se le incorpore ese mayorazgo de Leiva, que es uno de los primeros de España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera, mi señora mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos para evitar pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque figúrate cuál será su rabia y la mía, ahora que las señoras Marquesa y Condesa me han dicho terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre, a quien lo escribí, me contesta furiosa, llamándome tonto y necio y estúpido, y amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no llevo adelante el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero resuelto y de pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero para dicha mía tengo ahí a ese bendito Santorcaz, que me aconseja como un padre de la Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso arbitrio para que las de Leiva no se burlen de mí.