—Tú eres sandio, por lo que veo —me contestó con petulancia truhanesca—. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos me llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener el corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a todo. Que Inés salga conmigo... llévela yo a una casa que tenemos preparada al efecto, y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo tiene dispuesto así.
Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta bajeza me producía.
—Poco me importa —añadió— que Inés no me ame en este momento. Yo estoy seguro de que se volverá loca por mí en cuanto nos tratemos con cierta intimidad. Todos dicen que tengo yo cierto atractivo... así... pues... un gancho para pescar muchachas... Solo espero a que se le pase la tristeza... No sé si te he contado que allá en los tiempos en que mi novia andaba abandonada por el mundo, tuvo por novio a un perdido, un raterillo, un granuja... ¡Qué cosas se ven en el mundo! Lo más raro de todo es que le ha guardado a su galán zarrapastroso una fidelidad de novela sentimental, que causa vergüenza a todos los de la casa. ¡Como que han tenido que hacerla creer que ese joven ha muerto, para que no deshonrara a la familia pensando en él!
—Pero nada de eso hace al caso, y cada vez veo más difícil que usted pueda sacar de su casa a tan honrada joven.
—Animal, claro es que no saldrá, si le digo a dónde la llevo; pero como no lo he de decir, sino que tenemos preparado un cierto artificio.
—¿Cuál?
—Ya he sobornado a Serafina, su doncella, a quien he tenido que dar una buena suma, y es seguro que mañana muy temprano saldrán las dos a dar un paseo por los jardines de Palacio, encontrándose en cierto sitio solitario, donde es lo más fácil del mundo poner en ejecución mi pensamiento. Santorcaz asegura que esto saldrá muy bien, y él es quien lo dispone todo, quien prepara los coches, quien ha buscado la casa, quien ha dado el dinero para sobornar a la sirvienta. ¡Si vieras qué interés tan grande se toma!
—Lo creo.
—Mañana temprano queda todo hecho. A esa hora la Marquesa está entregada a sus devociones, la Condesa no se habrá levantado aún, y el Marqués estará en el primer sueño.
—Sr. D. Diego —dije disimulando la ira cuanto me fue posible—, ¿y usted no ve en eso una serie de repugnantes bajezas, infamias y desvergüenzas, indignas, no digo de un caballero, sino del más desarrapado chalán? El que es capaz de hacer esto, está destinado a acabar sus días en un presidio.