—Te hablaré francamente. Cuando Santorcaz y sus amigos me manifestaron su plan, sentí aquí dentro cierta repugnancia y no la ocultaré. Pero se rieron mucho de mí, y allí fue el llamarme zanguango, corazón de mirlo, hombre de alfeñique y otras injurias que me indignaron mucho. Al mismo tiempo, por otro lado Santorcaz me apremia para que le pague las grandes sumas que le debo, y que ya exceden a cinco años de renta de mi patrimonio. Además de esto, mi madre me manda de Bailén unas cartitas en que me pone como chupa de dómine. Dice que si no llevo adelante por cualquier medio este casamiento, soy un necio y un badulaque, y que pierdo y arruino a mi familia con mi dejadez y pazguatería. Hasta Don Paco me escribe diciéndome que seré para siempre indigno del altísono nombre de Rumblar, si no pesco ese mayorazgo, y ahí tienes... No hay más remedio que hacerlo. Fuera, pues, escrúpulos de monja, y adelante. Ahora voy a probar que soy un hombre hasta allí, capaz de todo y dispuesto a las más atrevidas cosas. ¿Qué te parece? ¿No apruebas mi conducta? ¿No te entusiasmas oyéndome?

—¿De modo que mañana temprano? —pregunté con más interés que D. Diego en aquel asunto.

—Al rayar el día. No sé si te he dicho que ella madruga mucho. Santorcaz dice que cuanto más pronto, mejor. Ninguno de la familia se enterará del caso, hasta que estemos en Madrid. Ya he escrito una carta a la Marquesa, fingiéndome muy enamorado y diciéndole que la fuerza irresistible de mi pasión me impele a obrar así, y otras muchas cosas muy bien puestas; como que la ha escrito Santorcaz... Pero, chico, es tarde y me retiro: quiero ver en qué para esta pobre Zaina, y si se muere o no se muere. La verdad es que me quería bastante, y sabe Dios si habré influido en su enfermedad... Como ahora me tiene loco la hermana de la Pepa Ramos... ¿La conoces tú? ¡Qué guapa y qué mona es! Adiós, me voy allá. ¿Quieres venir? ¿Qué haces aquí con esos frailucos? Pero dime, ¿has heredado por ventura? No te conozco. Mira que los frailes son muy intrigantes... adiós, adiós, que aún tengo algo que arreglar para mi viaje al Pardo a la madrugada.

Y diciendo esto, se marchó, dejándome solo en el claustro. En este me paseaba yo, presa de la más grande agitación, cuando me avisaron la llegada del coche enviado por Amaranta para mi fuga. Al instante corrí a la calle, y entrando en él, pregunté al lacayo:

—La señora Condesa, ¿dónde está?

—Esta tarde ha marchado al Pardo —me contestó respetuosamente, sombrero en mano—. ¿A dónde quiere usía que le llevemos?

—Al Pardo —contesté con resolución.

—Dijo la señora Condesa que saldríamos por la Puerta de Toledo, camino de Illescas. ¿Es que quiere usía dar un rodeo?

—¡Al Pardo, majadero, al Pardo derecho y sin rodeos! —exclamé con furia—. ¿No he dicho que al Pardo? A toda prisa.

Las mulas partieron a escape, llevándome camino del Real Sitio.