Yo balbucí algunas excusas; pero comprendiendo al punto que era preciso disipar aquel engaño, dije:

—¿No está la señora Condesa?

—No ha venido. Estoy solo con mi hija. Pero, chico, no tienes acento francés, y me dijeron que hablabas como un amolador. Ven, ven: al instante te voy a presentar al Rey José, que tanto desea verte. Ahí está el Emperador. ¡Albricias!... Ha convenido en que su hermano vuelva a ser Rey de España, y ya están zanjadas todas las diferencias. Conque ven... ven... Pero, primo, ¿cómo es eso? —añadió examinando mi traje—. ¿Cómo no has venido de etiqueta? Pues oiga... también te has venido sin relojes... Pues ¿y tus cruces, y tu Legión de Honor, tu Cristo de Portugal, y tu Carlos III, y tu San Mauricio y San Lázaro, y tu Águila Negra?

—Déjese usted de bromas —repliqué sin poder disimular mi impaciencia—. Ahora vengo para un asunto urgente y del cual depende...

—¿La suerte de Europa? —dijo interrumpiéndome—. Corro, corro al instante a ponerlo en conocimiento de Urquijo. ¿Vienes del Cuartel general? ¿Ha llegado allí algún correo de Francia con noticias del Austria?

—No, no es eso —repuse sin atreverme a disipar el engaño—. ¿Pero dice usted que no está aquí mi señora la Condesa?

—¿Tu prima? Esta tarde la esperábamos; pero debía pasar por la Moncloa, por ver a su madrina, y como esta se halla in articulo mortis, presumo que Amaranta y mi hermana habrán determinado quedarse allí toda la noche. ¿Vienes tú de Madrid, o directamente de Chamartín?

—Siento mucho —manifesté con la mayor zozobra— que no esté aquí la señora Condesa.

—Te presentaré a mi hija, ven. Pues es lástima que no hayas venido de etiqueta. Cierto que tú tienes familiaridad con el Emperador, y si te anuncias, puedes pasar a verle con ese traje... Pero, dime, ¿qué noticias traes? ¿Ha llegado algún correo al Cuartel general? ¿A que me he salido yo con la mía?... ¿apostamos a que el Austria?... A mí puedes contármelo. Ya sabes que el Emperador me consulta todo... Pero, chico, ¿sabes que tienes una arrogante figura? Me habían dicho que eras... así... un poco cargado de espaldas y... la nariz chata, y un ojo un poco... Pero no... veo que me habían engañado. Eres mejor de lo que yo suponía, y lo que es tu cara... casi juraría que no me es desconocida... pues... que te he visto en alguna parte.

Estábamos en un lujoso salón, con magníficos tapices decorado. Sentíase ruido de voces en las habitaciones inmediatas; pero allí no había nadie más que nosotros dos. El diplomático, asiendo las solapas de mi casaquín, me sacudía, me sofocaba, me volvía loco con su charlar inacabable. En vano era que yo pretendiese quitarle la palabra, hablando de otras cosas, y principalmente indicando algo del móvil de mi viaje. Aquel insensato me quitaba la palabra de la boca, ávido y hambriento de hablárselo él todo, y con sus gesticulaciones, su cotorreo sempiterno, semejante al son de una matraca, me tenía aturdido, colérico, nervioso.