—¡Ay, sobrinillo de mi alma! —continuó—. Si me confiaras las noticias que traes... Ya habrá llegado a tu conocimiento que yo soy la misma reserva... Porque no me queda duda de que tú traes algo, sí, señor, algo grave. Si hubieras venido a la comida, habríaslo hecho más temprano y con otro traje. Y no es más sino que estabas en el Cuartel general, y el Mayor General Berthier te envió a toda prisa con una comisión. A ver, dímelo a mí solo, a mí solo... ¿Vas ahora mismo a ver al Emperador? Si quieres, pasaré aviso al gentilhombre para que te introduzca. Ya han concluido de comer, y están conferenciando juntos el Emperador, el Rey José, el secretario Hugues Maret, Urquijo y Monseñor de Pradt, ex-Arzobispo de Malinas. Anda, anúnciate, subamos...
—Señor mío —dije bruscamente sin poder disimular ya mi impaciencia y desasosiego—, yo no vengo a hablar con el Emperador, ni con el Rey José, ni con el Arzobispo, ni tengo nada que ver con ninguno de esos señores. Yo vengo a...
Y callé, sin atreverme a decirle el objeto de mi visita.
—¿Conque no está aquí la señora Condesa? —volví a preguntar después de una pequeña pausa.
—Dale con la Condesa. Que no, que no está. La esperábamos esta tarde; pero según entiendo, se ha detenido en la Moncloa por acompañar a su madrina, que se muere por momentos. Puede ser que llegue antes de media noche.
—Pues la esperaré —dije resueltamente sentándome en un sillón.
—Veo que Amaranta te interesa más, y es para ti de mayor importancia que la suerte del mundo. ¿Pero no querrás decírmelo?... Aquí en confianza... a mí solo —dijo sentándose junto a mí y poniéndome la mano en el muslo.
—¿Qué, hombre de Dios, qué le he de decir, si no sé nada?
—Pesado estás, sobrino. Para mí sería muy satisfactorio saberlo antes que el mismo Emperador, y poderlo decir a todos esos que están ahí muertos de sed por una noticia.
—¿Dice usted que la Condesa vendrá antes de media noche? ¿Cuánto hay de aquí a la Moncloa?