—¿Pero qué traes tú con la Amarantilla?... Todo eso es para disimular. Pero ven... quiero que conozcas a mi hija. Ya tendrás noticias de ella. ¡Pobrecita! La he recogido y reconocido... Es preciso reparar de algún modo los errores de nuestra juventud. En París habrás oído hablar mucho de mí. Bastantes ruinas hay allá todavía de mi ímpetu destructor en materias amorosas. Pero ven... conocerás a Inés... es guapísima. No se ha recogido aún, y si está acostada haré que se levante.

—No —dije yo—: la veré mañana.

Mi situación, queridos señores míos, era bastante comprometida. La Condesa, a quien necesitaba ver y hablar, no estaba allí. Yo no quería faltar al solemne compromiso contraído con ella, cuando le prometí no presentarme jamás a su hija; y en verdad, si Amaranta me hubiera sorprendido allí en compañía de Inés, todas mis explicaciones le habrían parecido artificios y malas artes, y la aventura de mi disfraz un ardid alevoso para arrebatarle aquel tesoro de su familia que, por la sociedad y por otras mil consideraciones, me estaba tan implacablemente vedado. En todo esto pensé, mientras D. Felipe de Pacheco y López de Barrientos me volvía loco para que le comunicara noticias del Cuartel general. Discurriendo rapidísimamente sobre aquella situación, vine a deducir que era preciso valerme del mismo diplomático para mi objeto, no hallándose en Palacio ninguna otra persona de la familia; mas para esto era también preciso no perder el disfraz, ni correr el velo de aquel gracioso engaño, pues si esto ocurría, todo acababa con echarme a la calle o ponerme a disposición de un alguacil. Meditando en breves términos mi plan, di principio a su ejecución de la siguiente manera:

—Después, mi querido tío, informaré a usted de todo lo que se dice en el Cuartel general. Por ahora quiero hablarle de otro importante asunto.

—¿Importante? Vamos a ver —dijo en voz baja y tan impaciente como un niño.

—Importantísimo.

—Ya adivino. La Inglaterra, el enemigo común...

—No es nada de eso. Lo que digo es que ese Condesito del Rumblar... ¡Oh! Es un joven de malísimas costumbres.

—Ya lo sabemos; pero dejemos ahora a D. Diego, ¡qué majadería! —exclamó con desagrado.

—Es preciso que usted esté prevenido por si...