Entraron en aquel momento en la sala dos personajes vestidos de uniforme, uno de los cuales era español y el otro francés; pero los dos se expresaban en nuestra lengua. Levantámonos, y el diplomático me presentó gravemente a ellos, diciendo después:
—Por más que le pincho, nada, no suelta una palabra. Viene del Cuartel general, con noticias interesantísimas.
—¿Sube usted a ver al Emperador? —me preguntó uno de ellos.
—No, señor —respondí, obligado a llevar adelante la farsa—. No necesito ver por ahora a S. M. I.
—En el Cuartel general —me dijo el otro—, ¿qué se dice de la actitud del Emperador respecto a su hermano?
—¡Oh! —exclamé yo dándome importancia—: se dicen muchas cosas.
—¡Muchas cosas! —repitió el Marqués haciendo aspavientos.
—Aún no está decidido —añadió el que parecía francés— que el Emperador, nuestro señor, ceda el reino de España a su hermano. ¿Qué ha oído usted en Chamartín? ¿Insiste Su Majestad en la idea de considerar a España como país conquistado?
—Sí, señores, como país conquistado —respondí con mucho aplomo, metiendo mi cucharada en los arreglos y desarreglos del mundo.
—La verdad es —dijo otro— que los dos hermanos no están muy acordes. ¿Va tomando cuerpo la idea de agregar la España al territorio de la Francia?