—Sí, señores —afirmé condoliéndome de la suerte de mi país—. España se unirá a Francia.

—¡Oh! ¡qué calamidad! —clamó D. Felipe—. No podemos en modo alguno seguir al servicio de la causa francesa. ¿Y se insiste en dividir a nuestro país en cinco virreinatos?

—¿Pues qué duda tiene, señores? —repuse en tono de hombre listo—. Pero aún se duda si serán cinco o seis.

—Sin embargo —indicó el que parecía francés—, yo creo que esta noche se reconciliarán.

—Por supuesto, que si el Emperador se decide a tratar a España como país conquistado, le mueven a ello las intrigas de Inglaterra.

—De Inglaterra, justo —repuse yo vivamente—. Me lo ha quitado usted de la boca.

—Y la insensata resistencia del pueblo español.

—Exactamente... la insensata resistencia...

—A pesar de todo —dijo el español—, yo dudo mucho que Napoleón pueda llevar adelante tan atrevido pensamiento, y menos ahora cuando corren rumores de que el Austria...

—¿Qué dicen los últimos despachos? Parece que el Austria se arma.