—Sí, señores —respondí yo en tono profético, misterioso y sibilítico—. El Austria se arma y... no diré más.

—Pero, hombre —apuntó el diplomático—, si aquí somos todos amigos. Di de una vez todo lo que sabes.

—Dispénsenme ustedes, señores —indiqué cortésmente—. De buena gana lo haría por complacer a personas tan amables; pero antes que mi deseo está mi deber; antes que la satisfacción de un capricho amistoso, la conciencia de mi discreción, cuyo inexpugnable baluarte en vano atacan galantes sugestiones, o arteras amabilidades. Callaré por ahora; pero tengan ustedes entendido que el Austria... el Austria...

Los tres cortesanos se miraron, y yo examiné las pinturas del techo.

De improviso entraron otros dos, a quienes igualmente me presentó mi augusto tío; pero aquí fui menos afortunado, porque uno de ellos, al saludarme, me dijo con cierta malicia:

—Es muy particular. Hace tres años vi en París al señor Duque de Arión, y no reconozco su fisonomía en la de usted. O yo estoy trascordado, o usted ha variado considerablemente.

Por mi suerte, el diplomático se había apartado un poco, y además yo tuve buen cuidado de no engolfarme en conversaciones con aquel caballero. También quiso mi buena estrella que viniese a sacarme de apuros otro que llegó de repente y con gran prisa, diciendo:

—Señores, la conferencia va tomando carácter de altercado. Alzan mucho la voz, y desde el corredor de Poniente se oyen los gritos. Vamos allá y oiremos algo.

Viérais allí cómo aquellos cortesanos corrían por los pasillos; cómo se escurrían por los laberintos de Palacio; cómo se precipitaban unos delante de otros, disputándose cuál llegaba primero a pescar una noticia, una voz perdida, un gesto visto al través de un resquicio, un accidente, un destello de reales miradas, cualquier mezquindad que les fuera favorable. Yo seguí tras ellos, y salí también; atravesamos un gran salón, donde había hasta una veintena de personas de distintos uniformes; internáronse en nuevos pasillos; pasaron de sala en sala, llegando, por último, a un largo y oscurísimo corredor que tenía ventanas a un angosto patio. Allí había otros cinco o seis, asomados a las ventanas, y muy atentos a no sé qué, pues yo no veía nada digno de llamar la atención. Todos se acercaban con pasos quedos, chicheaban muy por lo bajo, y atendían y miraban; ¿pero qué miraban y a qué atendían?

El patio a que me refiero era muy estrecho. En la pared de enfrente había una gran ventana cuyas hojas de cristal, cerradas y por dentro cubiertas con una cortina de gasa, daban paso a la luz interior. Los gruesos cortinones de invierno estaban recogidos a un lado y otro, de modo que quedaba un triángulo de luz, con el ángulo más agudo en la parte superior. En este triángulo se dibujaban varias sombras, pero con toda precisión una sola, efecto de linterna mágica producido por la presencia de un hombre entre la luz que iluminaba aquella pieza y el hueco de la ventana. Movíase la sombra al tenor de los diversos grados de animación de la palabra, y en esta sombra y en sus irregulares movimientos fijaban la vista y el oído y la atención y el alma toda los cortesanos allí reunidos.