—Ahora hablan más bajo —dijo muy quedamente uno de ellos—; pero hace poco se han oído con claridad algunas palabras.

Y alargaban los cuerpos fuera del corredor, con esperanza de que sus pabellones auriculares cogieran al vuelo alguna sílaba. Yo también atendí; pero la verdad es que allí se oía tanto como en un desierto. Lo que sí excitó mucho mi curiosidad, fue la sombra que ocupaba el centro del triángulo. Era la de un hombre rechoncho y de cabeza redonda, con pelo corto. Notábase el movimiento pausado de sus brazos al hablar, el de su cabeza al atender; notábanse claramente las señales de asentimiento, las negaciones vagas y las fuertes; notábanse la tenacidad, la duda, el ademán de la pregunta, el de la respuesta; y tanta era la verdad con que aquella sombra reproducía a la persona misma, que hasta se creía advertir en ella la sonrisa, el fruncimiento de cejas, el asombro y cuantos modos de lenguaje posee y usa el rostro humano. Unas veces la cabeza, puesta de frente, proyectaba en la vidriera una forma redonda; otras, volviéndose, proyectaba su perfil; luego veíamos que a su altura subía una mano, y distinguíamos perfectamente el dedo índice afianzando y dando energía a la palabra; después desaparecían las manos, y los brazos, juntándose a la masa del cuerpo, indicaban que se habían cruzado; luego transcurría mucho tiempo sin que la figura hiciese ademán alguno, señal de que oía o de que meditaba, hasta que de nuevo volvía a ponerse en acción.

—Miren ustedes ahora —dijo uno de los cortesanos— cómo dice que no, que no y que no con la cabeza.

En efecto, la sombra movió su cabeza, haciendo la señal negativa por espacio de algunos segundos.

—De seguro está diciendo que no cederá a nadie sus derechos a la Corona de España —indicó uno.

—Lo que indudablemente estará diciendo —habló otro— es que pasará por todo menos por que los ingleses se metan aquí.

—¡Quiá! —exclamó un tercero—. Lo que debe de estar diciendo es que los españoles no podrán resistir mucho tiempo.

Entonces la sombra movió la cabeza en señal afirmativa repetidas veces y con mucha insistencia, acentuando con la mano aquel movimiento.

—Pues ahora dice que sí, que sí y que sí —indicó uno.

—Sin duda habla de que son indudables sus derechos de conquista.