—Y de que puede disponer del trono de España como se le antoje.
—¡Patarata! Apuesto a que no es nada de eso, y lo que hace es asegurar que vencerá a los ingleses.
Poco después la sombra se llevó la mano a la nariz.
—Toma tabaco —dijeron los cortesanos.
—Ya van trece veces desde que estamos aquí.
Luego la sombra acercó un bulto a su cara, inclinándola después, y se oyó desde nuestro observatorio un lejano ronquido.
—¡Se suena! —exclamaron los cortesanos.
—¡Buena señal! —dijo uno.
—¡No, sino muy mala! —añadió otro.
Después la sombra se levantó, y al instante confundiose entre otras sombras. Un momento después, separadas las demás, volvía a destacarse; pero ya estaba transfigurada, porque la cabeza redonda había desaparecido en otra mayor sombra trapezoidal. Una vez puesto el sombrero, se hubiera distinguido de cuantas sombras suele engendrar la noche, y de cuantas pueden volver de los Elíseos Campos o de los cristianos cementerios a pasearse por el mundo.