—Al instante, corro al instante. ¡Oh, Ministro amabilísimo! —exclamó el diplomático con súbita e inmensa alegría—. Primo, ahí te quedas. Vendrá Inés a hacerte compañía.
—No... Que no se moleste —repliqué yo con inquietud—. Esperaré solo.
—Que venga la señorita Inés —dijo el diplomático al criado.
El criado me miraba atentamente.
—Que venga mi hija —repitió el Marqués—. Dile que está aquí el señor Duque de Arión, su pariente; que venga al instante a hacerle compañía, porque el Emperador... digo, el Rey José... digo, el Ministro Cabarrús, me ha mandado llamar para consultarme un grave asunto.
Y sin esperar más, porque su impaciencia era febril, salió, dejándome solo. Yo estaba tan agitado, que no me era posible apreciar la extensión del tiempo que iba pasando, mientras permanecía en la soledad de aquel cuarto, sin percibir otro ruido que el tic-tac de un reloj de chimenea, y el chisporroteo de los leños que en ella se quemaban. Yo no cabía en mí mismo de inquietud, de ansiedad y desasosiego, y juntamente se me representaban, en espantosa lucha, la inefable felicidad de ver a Inés y el pesar de mi conciencia turbada por quebrantar una leal promesa. A veces me parecía que los minutos corrían con inconcebible rapidez, y a veces que se estaban quietos delante de mí, mirándome como geniecillos desvergonzados. Mi espíritu, a ratos impaciente y lleno de amorosas ansias, me impulsaba a penetrar en las habitaciones interiores, buscando a la que no parecía; y a ratos me venían deseos de abrir la ventana, echarme por ella al jardín inmediato, y huir para siempre de aquella casa. Sentado estaba mal, y mal estaba en pie, y mal también paseándome de un ángulo a otro en la reducida estancia: el pulso y las sienes me latían con furia, y aquel violento y acompasado golpear determinó bien pronto en mí una viva calentura, que me inflamaba todo. Inés tardaba mucho. «Si no viene, me muero», dije para mí, olvidándome al fin de todas las consideraciones que al principio me habían hecho temer su llegada. Pasaron no sé si horas o minutos: solo sé que muchas ideas mías se iban quedando atrás, y que venían otras a sustituirlas, para marcharse luego. De este modo apreciaba el transcurso del tiempo. El reloj avanzó mucho, sin que Inés pareciese. Aquella soledad empezó a hacérseme insoportable, y la idea de que ella no vendría se representó en mi pensamiento, produciéndome un dolor inmenso. Después de mis primeras dudas, habíase entregado mi espíritu al gozo de suponer que vendría, y su tardanza me ponía en estado febril.
Arrastrado por una fuerza irresistible, sin reparar en mi situación ni en circunstancia alguna, casi ignorando lo que hacía, abrí la pequeña puerta que comunicaba aquella pieza con la inmediata. Al pasar a esta, halleme en una sala sin luz; pero como entraba alguna claridad por la puerta recién abierta, pude ver por dónde andaba. Con pasos muy quedos atravesé aquella sala, y al ver reflejada oscuramente mi imagen en los espejos, sentía miedo de mí mismo. En el testero del fondo vi otra puerta que cedió al punto a mi mano, y encontreme en una tercera estancia más pequeña. Profunda oscuridad reinaba en ella; pero al poco tiempo de estar allí, distinguí en el fondo negro una perpendicular raya de luz. Al mismo tiempo creí que sonaban voces de mujer por aquel lado, y esto, con la débil claridad, impeliome más hacia allí. Andaba muy lentamente, extendiendo las manos para no tropezar con los muebles; andaba como un ladrón, conteniendo el aliento, apagando el ruido de los pasos, creyendo que hasta las oscilaciones del aire a mi tránsito iban a delatar mi presencia a los de la casa. Yo había perdido todo dominio sobre mí mismo, y en nada reparaba más que en llegar pronto a aquella raya luminosa, tras la cual sentía más claramente ya la voz de Inés. Al fin llegué. Por la estrecha rendija no se veía nada; pero se oía. Dos mujeres hablaban.
Al poco rato una de las voces dijo algo como despidiéndose; sentí el ruido de una puerta, y todo quedó en completo silencio. Aguardé un poco. Puse luego la mano en el picaporte, y con mucha, muchísima lentitud, lo fui levantando, levantando, de modo que no hiciera ruido. Cuando me pareció bastante, empujé, y la puerta cedió; empujé más, y la fui abriendo poco a poco, cuidando de que no rechinara. Durante esta operación, toda mi sangre se paró dentro de mí. A medida que la puerta se abría, iba observando todo lo que había dentro de aquella estancia. Primero vi un lecho con cortinas blancas, luego una mesa con labores de mujer, y, por último, una figura puesta de rodillas delante de un reclinatorio. Vuelta hacia mí aquella figura, que apoyaba la frente en el reclinatorio, no era fácil reconocerla, pues de su cabeza no se veía sino el cabello; pero yo la reconocí, y era ella misma: era Inés.
Avanzando resueltamente, pero siempre con pasos muy quedos, entré y me dirigí hacia ella.