—¿Pero no le ha hablado usted nunca?
—Te diré: lo que es hablarle... así... pues... así como estoy hablando ahora contigo, no... pero hemos cambiado notas, y no creas... en ocasiones, con la pluma en la mano, nos hemos puesto como ropa de pascuas.
—¿Usted se retirará a su aposento? Hablaremos un poco y luego me marcharé.
—¡A estas horas! No... aquí te has de quedar. No dudes que vendrá la Condesa mañana temprano. Hablaremos todo lo que quieras; pero después que yo vaya al salón y haga por ver si S. M. I. me mira otra vez, y me entera de todo lo que se dice... ¿Qué sabes tú si el Rey José querrá llamarme como anoche para que le dé un poco de conversación?
—Antes hablemos los dos de un asunto que nos interesa... Es cosa de pocas palabras.
—Entremos en mi cuarto —dijo llegando a la sala donde me recibió la vez primera.
—No, aquí mismo —repuse—. Ahora caigo en que tengo que marcharme en cuanto hablemos dos palabras.
—¡Qué singular! Hombre, aquí me hielo de frío. Entremos en mi cuarto.
En efecto, pasamos a otra pieza, nos sentamos; pero aún no se habían arrellanado nuestros cuerpos en el sofá, cuando entró un criado diciendo:
—Aquí está un gentilhombre que viene a decir a usía que el señor Conde de Cabarrús quiere verle al momento.