—Sí, Inesilla —respondí besándole las manos—. Pero aunque me ves vestido de caballero, no creas que lo soy. Soy lo mismo que era antes, cuando estábamos en casa de D. Mauro: es decir, no soy nada. Tú estás tan por encima de mí, que debes avergonzarte de mirarme.

Al oír esto, todo cambió en su espíritu, y la vi sonreír de un modo espontáneo y festivo, perdida ya la emoción dolorosa del primer momento.

—Yo no pensaba verte más —continué—; pero la casualidad o la Providencia han querido que te vea. ¡Qué desgraciados somos, o mejor dicho, qué desgraciado soy! Porque yo tengo que renunciar a ti, tengo que marcharme para no volver más. ¿No comprendes tú que ha de ser así, que no puede ser de otra manera? Para mí valiera más no haber nacido. ¿Por qué te conocí? ¿Por qué te volviste gran señora? ¿Por qué Dios, que a ti te sacó de la humildad para traerte a los palacios, me dejó a mí en la miseria y en la oscuridad de mi nombre?

—No me has dicho todavía por qué estás vestido así —indicó con el mayor asombro.

—Nada de esto es mío, Inesilla —repliqué con profundo dolor—. Estas ropas son como las que se ponen los cómicos cuando salen a la escena vestidos de reyes. Después se las quitan y quedan hechos unos mendigos: lo mismo soy yo. Si ahora se descubre la farsa que me ha traído aquí, tus criados me echarán del Palacio ignominiosamente. No soy nadie, no soy nada. Yo creí que no te vería más; pero algún poder superior nos ha puesto esta noche juntos, y yo que he jurado ante la Condesa, tu prima, no verte ni hablarte más en la vida, estoy ahora a tu lado para decirte que te quiero y te adoro, y me muero por ti. Seré un malvado, un tramposo, un miserable que se burla de todas las conveniencias de la sociedad; pero siendo todo esto, y aún más, insisto en decir que no puedo dejar de quererte, aunque me lo prohíban todas las potencias de la tierra, y aunque entre nosotros se pusieran con la espada en la mano todos tus parientes y antecesores desde que el mundo es mundo.

Inés parecía meditar. Después de un rato de silencio, me dijo con tristeza:

—Mis parientes son muy crueles conmigo.

—No, hijita mía: considera tú su posición, su nombre, lo que deben a la sociedad, y comprenderás que no pueden hacer otra cosa. ¿Cómo han de admitirme en tu familia? La idea de que me amas les causa horror, y se creen deshonrados con solo mirarme. Tu prima la Condesa es muy buena. Si tuviera tiempo para contarte los beneficios que le debo y el afecto que me muestra, te asombrarías.

—Ha llegado el caso de que yo devuelva a mi familia todo lo que me ha dado, y tome por mí misma lo que no ha querido darme —dijo Inés.

—Tú tendrás prudencia y esperarás.